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"Las nuevas tecnologías no pueden sustituir nunca la labor de un profesor"

Por Esperanza Calzado - Junio 13, 2021
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Todo rosal tiene rosas y espinas. Es una expresión que utiliza mucho Ángel Martínez Gutiérrez (Jaén, 1973), catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Jaén y cuya historia personal y profesional es de esas que se leen con detenimiento y de las que se aprende. Hijo de agricultor, nadie le ha regalado nada y se ha labrado un nombre y respetabilidad profesional que le han valido ser nombrado rector del Real Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia, el colegio más antiguo de Europa occidental. Sin embargo, la designación de hace siete años sigue un proceso judicial que confía culmine algún día. Al igual que espera ver un sector olivarero unido, no en vano su especialidad es el aceite de oliva, las marcas, la excelencia, la diferenciación... Es amante y enemigo de las nuevas tecnologías por igual, a riesgo que le llamen carca, y apuesta por la labor docente a la vieja usanza. Una charla de una hora con Lacontradejaén que invita a la reflexión.

—¿Cuando era pequeño, qué quería ser de mayor?

—Me siento muy afortunado en mi vida, a pesar de que tiene rosas y espinas, porque mis padres me decían que desde que era muy pequeño yo ya quería ser abogado, curiosamente. No me viene de vocación de familia, pero conforme avancé en mis estudios fui decantándome por la rama de letras. Me empezó a gustar mucho el Latín, Griego, Filosofía, Historia... por lo tanto, era un estudiante escorado hacia las humanidades.

—Hacía lo que muchos padres, al principio, creen que 'no da de comer' si me permite la expresión.

—Efectivamente, y puede que no les falte parte de razón. En mi caso, al iniciar BUP decidí decantarme por letras y cursar la licenciatura de Derecho con el famoso plan del 1953, que tengo que decir, en honor a la verdad, era un gran plan. Terminé con unas magníficas calificaciones y acabé en la Universidad como docente, especializándome en el Derecho Mercantil. Por eso digo que soy un afortunado, porque desde niño he dicho que quería ser abogado, no soy abogado si por ello se entiende que estoy inscrito en el Colegio, pero sí me gusta mucho la realización y el estudio del Derecho, lo que me da paso a ser docente y a la investigación. En los últimos años, no solo estudio para dar clases o escribir libros, sino que todo ese bagaje se puede verter en la práctica y la realización del Derecho, con la transferencia.

—¿Pero llegó a estar colegiado y ponerse la toga?

—No, la toga no me la puse nunca, pero sí he estado colegiado. Yo acabé COU con magníficas calificaciones y entré en la Universidad con matrícula de honor. Don Juan Cózar Castañar, una persona muy presente en mi vida y la de mi familia, me decía siempre: "No dábamos un duro por ti al inicio del instituto y has terminado con la máxima". Así que terminé la carrera siendo el primero de la promoción y me dieron una serie de premios. Uno de ellos era el del Colegio de Abogados, que consistía en un reconocimiento, inscripción y exención de tasas y cuotas en el colegio. Así estuve hasta que me di cuenta que era abogado no ejerciente y no me era necesario. Actualmente, no estoy colegiado y no he hecho postulación procesal, es decir, que no me pongo la toga. Eso no quiere decir que no trabaje en despachos de abogados. Trabajo a instancia de los compañeros letrados. Redacto informes, hago dictámenes para causas concretas, emito opiniones fundadas, etcétera. 

—Antes de seguir con la entrevista, me voy a detener en su primera respuesta. Ha mencionado el "buen plan" de 1953. Usted ha reconocido varias veces que no le gusta el Plan Bolonia.

—Me gusta mucho Bolonia por otras razones, pero el plan no y creo que a nadie. Siendo objetivo, sé qué estudie y lo mantengo, es conocimiento que se ha quedado fijado. Comparo mi capacidad y mis estudios basados en el programa anterior con lo que veo en mis alumnos y detecto mucho déficit. Una asignatura como Derecho Mercantil, por ejemplo, que se conforma de dos pilares importantes para un abogado, necesita tiempo. Antes eran asignaturas anuales, lo que supone estar nueve meses gestando la materia. Actualmente es inviable, porque son cuatro y, si me apuras, no hay ni quince semanas. Lo que está ocurriendo, en consecuencia, es que se está pasando la mano por el lomo. Yo a mis alumnos les explico las cuatro reglas, lo que creo que es más importante y poco más. Si eso lo llevas a todas las materias pasan cosas como que un alumno en cuarto de Derecho me ha llegado a preguntar qué es una demanda. Por lo tanto, creo que el Plan Bolonia vino a reducir tiempos a cambio de perder madurez en el licenciado. Ahora todo se reduce a poco manual y mucha dirección de internet pero la información digitalizada hay que matizarla con un libro que lees y subrayas. 

—Estudiar a la vieja usanza...

—En el libro físico no hay banners, no se descarga la batería, no hay problema de contrastes... La educación ha cambiado y creo que para mal, porque uno puede estar a la última pero sin olvidar la primera. 

—No me quiero imaginar cómo ha sido su año de teletrabajo y clases virtuales durante la pandemia.

—Mal y aburrido. Yo en clase siempre estoy en pie, interactúo mucho con los alumnos, juego con los conceptos para que aprendan... y todo esto se ha perdido. El trato amigable, complicidad, mirada a los ojos se ha perdido. La pandemia nos está matando de aburrimiento y aislamiento. Es verdad, por otro lado, que la he aprovechado mucho. Las nuevas tecnologías nos ayudan a trabajar pero son herramientas que no pueden sustituir la labor de un profesor. En la banca se han dado cuenta ahora que no hacen falta tantas personas como consecuencia de la tecnología y ahora nos vemos con miles de despedidos. Herramientas sí, de ayuda, pero luego está la persona, la interacción y la importancia de la complicidad. Nos estamos olvidando de las personas.

—¿Sus hijas qué opinan?

—Creo que están conmigo porque me dan la razón en su forma de actuar. Lo que pasa es que reconocerlo y darle la razón al padre cuesta trabajo. En el día a día y en su forma de hacer y pensar veo que tienen un pensamiento parecido al mío.

ESPECIALIZACIÓN EN EL MUNDO DEL ACEITE

—¿Cómo encaminó su labor jurídica al aceite de oliva?

—Yo soy hijo de agricultor y he sido agricultor de fin de semana. Mi padre nació en una cortijada aledaña a una pedanía de Pegalajar. Desde que era niño siempre ha habido olivos en casa y en verano nos íbamos a La Cerradura, a casa del abuelo, y nos tocaba trabajar en el campo. Desde el punto de vista jurídico y científico empezó a gustarme el mundo del aceite al concurrir dos circunstancias. La primera es que una persona me afeó, mientras hacía la tesis doctoral en Bolonia, que eligiera mi temática por considerar que había otros aspectos más importantes. Javier García de Enterría, maestro que me auspició, me dijo que la temática de las marcas en el aceite de oliva podía ser una buena tesis y ahí la centré. La segunda es que cuando volví a Jaén con una tesis doctoral premiada en Bolonia decidí que tenía que ponerla en valor. 

—Así conoció a Manuel Parras...

—Hoy es más que un amigo. Hablé con él, le expliqué mi trabajo y me ayudó. Empezamos a hacer cosas juntas allá para 2004, cuando organizamos un primer curso sobre etiquetados en la UNIA, donde el jefe de servicios académicos es otro gran amigo, Vicente Gallego. A partir de ahí trabajamos mucho juntos los tres y somos grandes amigos. Las actividades empezaron a ser formativas porque nos dimos cuenta que el tejido productivo de la provincia estaba ávido de formación, sobre todo en marketing, publicidad, denominaciones de origen, etiquetado, marcas... El mercado estaba en pañales.

—¿Quién le iba a decir que años después se conseguiría la Identificación Geográfica Protegida?

—Eso no se lo podía creer nadie. Por entonces, el envasado era muy pensado en y para el socio. Cuando empezamos a abrir mentes a vender fuera de Jaén comenzó una nueva dinámica que ha ido evolucionando para bien.

—En los últimos 15 años ha cambiado de la noche a la mañana casi.

—Es mérito de ellos, de los olivareros, nosotros desde la Universidad hemos influenciado en un porcentaje, por supuesto. Pero los operadores se han dado cuenta de que no es ninguna tontería hacer política de marca y comercializar. Claro que es duro, pero al final se obtiene su fruto apostando por la calidad y la excelencia. Y todo ello ha sido el resultado de muchos factores. La cooperativa se lo ha creído, los consumidores están cambiando de mentalidad y la Universidad de Jaén está muy volcada en el proceso ayudando a entender normas, ayudando a los consejos rectores en la toma de decisiones, etcétera.

—¿Se logrará la ansiada unión del sector?

—Eso es más complicado. El mercado del aceite está mal estructurado con una atomización de la oferta y muy pocos demandantes, que no tienen competencia. La unión hace la fuerza y si en lugar de 300 cooperativas hubiera 50 tendrían un mayor poder de decisión en el mercado. Y no se nos puede olvidar que somos Jaén y que nuestra competencia son las provincias aledañas y, más allá, otros países, no la cooperativa de al lado. Si fuésemos capaces de ponernos de acuerdo nosotros, que somos la primera productora mundial, estaríamos hablando de otros réditos. Ahora, estamos en un divide y vencerás.

—¿Qué opina del 'espiritu de las batallas'?

—Muy bien. Cualquier movimiento bien entendido que una al sector en pro de la defensa de los precios es aplaudida. Y ya se ven los primeros resultados. Tenemos el Real Decreto-ley 5/2020, de 25 de febrero, por el que se adoptan determinadas medidas urgentes en materia de agricultura y alimentación. El preámbulo hace declaraciones tan importantes como que el agricultor es el eslabón de la cadena más débil, que sufre mucho la variabilidad, que se le abusa en la relación comercial... Ya tenemos un primer documento para empezar a trabajar en el respeto en la cadena de valor y proteger al eslabón más débil y principal, sin el agricultor no hay aceite.

LA VINCULACIÓN CON BOLONÍA

—Le nombraron rector del Real Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia, el colegio más antiguo de Europa occidental. ¿Qué pasó?

—Yo conocí el Colegio de España a través de mi maestro en la Universidad de Jaén, el catedrático Javier García de Enterría. Es un centro un tanto elitista porque se entra por concurso de méritos y atendiendo al número de matrículas de honor que se tengan. Solicité la beca, me la concedieron. Ese fue mi primer contacto con el colegio del que ya se habla en Historia del Derecho. Regresé de allí en 1999 pero he vuelto para estancias de investigación acompañado de mi familia. En 2014 recibí una llamada para informarme que mi nombre estaba entre los rectorables. Un 13 de octubre me comunicaron que la Junta de Patronato había tenido a bien designarme entre una terna de nombres. Me llenó mucho de gozo, la verdad.

—¿Qué pasó?

—El rector cesado no estaba de acuerdo con la sucesión y empezó una historia judicial muy desagradable que dura hasta el día de hoy. Yo estoy nombrado en el Boletín Oficial del Estado y sin embargo todavía no he podido ni entrar.  Vi que no había una solución amigable y decidí que la solución era la vía judicial, una vez más el derecho. Empecé en Italia y han ido lloviendo las resoluciones judiciales. En España el Consejo de Estado confirma que hay que actuar con prontitud y restituir a la institución a la senda de la legalidad.

—Lo que fue una alegría se ha convertido en una pesadilla.

—Durante siete años sí. En mi casa lo he sufrido pero no pierdo la esperanza de poder ocupar el cargo. Creo que es una buena guinda para el pastel trabajado durante muchos años. Es una oportunidad que se me brindó y que espero que se cumpla porque voy con mi mochila de Jaén, de mi aceite y de todo el bagaje y creo que eso es bueno. Y a los que no les guste, solo espero que me conozcan. Porque lo importante es la institución, no soy yo.

—¿Dónde o cómo le gustaría verse dentro de diez años?

—Pretendo ser feliz viendo a mis hijas crecer con salud, tenerla mi mujer y yo, después de unos momentos difíciles, y ver a mis nietos. Porque tengo una espina clavada y es que no he disfrutado de mis hijas y eso me duele mucho. Cambié el tiempo de estar con ellas por una calidad de vida, pero me he perdido muchas historias de mis hijas. Mi mujer ha estado en la retaguardia mientras yo estaba en la trincheras. Eso lo llevo dentro y no me quiero perder la de mis nietos. 

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