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"Tengo la suerte de que se me reconozca mi labor en mi tierra"

Por Javier Cano - Febrero 28, 2021
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Una melena de Crucificado de Salzillo le enmarca ese rostro de retrato del Renacimiento que no hay mascarilla que lo desfigure. Se llama Antonio Chica de la Torre, nació en el 78 y es más de Jaén que un cantón de esos en los que Polluelas le cantaba a El Abuelo sin que los de alrededor se diesen cuenta de que asistían a un momento legendario. Hoy que Andalucía celebra su jornada grande, El Tabanco (que así triunfa como bailaor y docente) da un recital jondo no encima del tablao, sino sobre las páginas de Lacontradejaén y a base de palabras que pone en el aire con la misma hondura que un taconazo de soleá. Ah, y hasta baila para los lectores... ¡La generosidad de los cabales!  

—Jaén acoge este fin de semana diferentes propuestas relacionadas con el flamenco, con motivo del 28-F. Entre ellas, las que la Universidad ha organizado con este arte como protagonista y con usted como figura principal. ¿Qué aporta El Tabanco a esta fiesta de la comunidad andaluza?

—Es un trabajo en dos partes que empezamos el pasado día 20 con una aproximación al flamenco del profesional al profano, a la persona que a lo mejor le gusta el flamenco pero no ha tenido un acercamiento como para entenderlo de modo más profesional. En esta segunda entrega intentamos explicar los códigos que hay entre los artistas cuando se está ejecutando, entre el baile, la guitarra, el cante, los percusionistas...  

—¿A qué se refiere concretamente cuando habla de códigos?

—Es verdad que el flamenco tiene una parte de improvisación, la parte bonita, la que más nos engancha a los artistas sobre todo, muy parecida al jazz, pero claro, para que eso pueda fluir tiene que tener unos códigos que la gran mayoría no están escritos y que los vas aprendiendo con el oficio. Yo intento siempre explicárselos a mis alumnos, para que lleven esa ventaja, pero casi todos los profesionales los hemos aprendido trabajando y dándote hostias, como se dice coloquialmente: cayéndote y cayéndote. Y detectas que esa es una de las mayores carencias de la persona que se acerca al flamenco para conocerlo porque... sí, están los palos, los compases, pero esa comunicación no verbal no se sabe. 

—¿Puede poner un ejemplo ilustrativo, por favor?

—Por ejemplo, cómo el bailaor pide que se suba la velocidad; hay diversos pasos que son de subida y también hay comunicación visual y con gestos. Por ejemplo, cuando yo quiero subir el compás, voy subiendo el brazo y el que me está viendo cree que eso es una parte más de la coreografía, pero lo que estoy es indicando a los músicos que vamos a subir el compás, para que me acompañen. 

—¿Satisfecho de que las instituciones opten por este género tan andaluz para conmemorar, precisamente, el 28-F?

—Sí, la verdad es que sí. El flamenco no se entiende sin Andalucía y Andalucía no se entiende sin el flamenco. Gracias a Dios nació aquí, se desarrolló aquí, se continúa desarrollando aquí y todo aquel que quiere aprender flamenco tiene que venir a la cuna; es como el que quiere aprender rock and roll, tiene que irse a Menphis: el que quiere flamenco tiene que venir a Andalucía. Entonces, supersatisfecho de que sea el día de nuestra comunidad y se celebre con flamenco.  

—En un momento tan duro, tan incierto como este para el sector cultural, este tipo de actividades vendrán como agua de mayo…

—Estoy superagradecido, muy agradecido a la Universidad, sobre todo al área de Cultura, que ha contado conmigo para esto y ya el año pasado lo hizo también para un espectáculo que hicimos en plena pandemia o el anterior, que impartimos formación junto con la Peña Flamenca. Dicen que nadie es profeta en su tierra y la verdad es que yo estoy teniendo la suerte de que se reconozca mi labor en mi tierra, lo hago con todo el cariño para que en Jaén haya flamenco. Yo, de pequeño, me tuve que ir de mi capital para poder aprenderlo y desarrollarlo. La idea de poner una escuela aquí fue por eso, básicamente, porque mis hijos y mis paisanos tengan la oportunidad de cogerlo de primera mano.

—Hablando de pandemia, ¿cómo la lleva usted desde que comenzó hace ya casi un año? ¿Cómo le ha afectado personalmente?

—Personalmente, gracias a Dios, de cerca no nos ha tocado a la familia (¡toco madera!), ojalá podamos pasar esto lo mejor posible. Me parece que es algo que no se esperaba nadie y que, por supuesto, aunque no nos afecte de cerca sí nos toca todo lo que lleva alrededor.

—¿Y como profesional?

Profesionalmente, el principal problema es no poder viajar; yo me nutro de viajar, de recorrer el mundo, voy a Italia asiduamente, donde me esperan, me llaman constantemente para poder seguir yendo porque llevo ya unos nueve años yendo. También Noruega, donde tengo proyectos para el festival de Oslo. Todo eso se cortó en plena pandemia... pero aparte de eso me siento un privilegiado, porque tener mi escuela me ha permitido tener contacto directo con mis alumnos en el momento en que nos han permitido reabrir con los altibajos de ahora cierra: ahora abre, ahora con grupos reducidos de seis, ahora volvemos a abrir un poco la mano...

—Y ellos, sus discípulos, ¿cómo lo han llevado?

—Me quito el sombrero ante mis alumnos, que han sido unos apasionados, porque durante el confinamiento dábamos las clases on-line y estaban todos deseando que las diéramos, con lo difícil que es eso, perdiendo el contacto personal cara a cara en un arte tan así, tan visceral como el flamenco, pero ellos han estado ahí y se lo agradeceré siempre. 

—En situaciones como esta provocada por el coronavirus, ¿se ha arrepentido de no haber tirado por otro camino más seguro, por trabajar en un banco, hacerse funcionario o algo así?

—Esto para mí, realmente, ha sido un palo emocional y existencial. Yo estudié Telecomunicaciones, trabajé ejerciendo el trabajo como un ingeniero superior con un buen sueldo, con una estabilidad y, como dice aquel, la cabra tira al monte; como el flamenco, cuando te pica, es un bichito que te envenena ya para toda la vida lo volví a dejar todo para dedicarme solo y exclusivamente al flamenco. Entonces, claro, sí que te vienen los demonios y te dicen: "Oye, tú ahora mismo estarías bien, con un sueldo fijo". Mis excompañeros no han dejado de trabajar, porque las telecomunicaciones son una actividad esencial (todo lo contrario, trabajaban el doble). Pero dicen que sarna con gusto, no pica. 

—Se siente usted flamenco de toda la vida, ¿no?

—Yo no me lo puedo quitar, y si lo pasas mal, aunque te vengan esos demonios, sigues disfrutando con lo poquito que te dejen hacer. 

—Un extracto de fuego y de veneno, decía Antonio Gades que era este arte. ¿De dónde le viene a usted la vena jonda? ¿Es herencia de familia?

—La verdad es que de mis padres directamente, no, y de mis bisabuelos tampoco. Hablan de un bisabuelo que era cantaor, letrista, era el artista. Es verdad que en mi casa no ha habido esa tradición de familia flamenca. Empecé con mi hermana Yolanda, luego ella no continuó y he sido yo el que me he dedicado profesionalmente a esto. No lo sé...

—A lo mejor es que no se nace, sino que se hace...

—Eso dicen, que si flamenco se nace o se hace. Yo, de pequeño, escuchaba los pájaros de mi padre, los colorines y los mixtos que tenía en los jaulones, y escuchaba de fondo a Lole y Manuel, que los ponía mi padre todas las mañanas (no es cantaor pero es un buen aficionado al flamenco). Creo que también el barrio, haberme criado en San Juan, jugar en La Magdalena... Ese ambiente, al final, te lo va dando pero creo que, también, si tú naces en Finlandia y te pica el bichito del flamenco puedes llegar a serlo: naces y te haces. 

—Pero eso de ser flamenco, además de dedicarse a esto, ¿qué es exactamente? ¿Una manera de estar en el mundo?

—Yo creo que hay de todo; lo mismo que hay albañiles y políticos de todas las maneras, al final ser flamenco no se puede ser como los de hace treinta años y seguramente no se podrá ser flamenco como dentro de treinta. Las circunstancias y la sociedad, en cada momento, te van definiendo. Antes, para ser flamenco tenías que ser pobre, pasar penurias y cantar con pena; esa pena la arrancabas de aquí [se toca el corazón]. Hoy en día nos tenemos que inventar la pena, que también es un desarrollo interior bastante fuerte.

—Eso que dice es hermoso, y terrible también, pero al final no ha aclarado qué es ser flamenco o, mejor dicho, qué clase de flamenco es usted.

—Para bailar por soleá hay una letra que dice: "Yo tengo un hijo perdío", y a mí me decían: —"Si tú no has perdido a un hijo no vas a sentir eso ni para bailarlo ni para cantarlo". Pero si tienes la capacidad empática de meterte en esa letra y escucharla... Eso es otro tipo de trabajo. Para mí, hoy en día ser flamenco es ser un amante de este arte al máximo, escuchar mucho cante (porque es la base del flamenco) y ser un profesional, o sea, intentar llevar eso a la máxima expresión y no quedarte en medias tintas. Como en todo, al final. 

—El baile, esta escuela... y el Festival Internacional de Flamenco Ciudad de Jaén, otra de sus criaturas. ¿Cómo se presenta la edición de este año, o es muy pronto para hablar de él con la que está cayendo?

—Tuvimos un palo muy fuerte en 2020, lo tuvimos que cancelar. Nos hicimos la idea de una edición Covid, una edición especial, pero al final nos quedábamos en medias tintas y era muy complicado. En 2021 tenemos la ilusión de poder hacerlo en sus fechas: se creó, nació y la idea era desarrollarlo siempre en torno al Día Internacional del Flamenco, que es el 16 de noviembre. Es una fecha difícil, porque no puedes hacer cosas al aire libre, corres el riesgo de tener mal tiempo; entonces, al tener que hacerlo dentro ya tenemos un problema con el Covid, porque los aforos son reducidos a no ser que, gracias a Dios, después del verano esto vaya mucho mejor y podamos quitarnos muchas restricciones de encima.

—¿Tiene esperanzas, cree que 2021 será el año de su 'resurrección?

—La ilusión está ahí, no queremos rendirnos, queremos intentar que sea que sí, que se pueda realizar y queremos que sea el mismo proyecto de 2020, continuarlo en 2021, por lo tanto tenemos ya a artistas que estaban cerrados para 2020 y que creo que estarán encantados de venir aquí.

—¿Qué tiene de singular esta cita?

—Es un festival joven que no intenta competir con otros, sino complementar a otro tipo de festivales, por ejemplo los más tradicionales. La Bienal de Sevilla fue muy tradicional y ahora es muy vanguardista. En Jaén lo que intentamos es hacer una mezcla de gente joven con artistas ya consagrados y que unos tengan su escaparate y los otros tengan su cátedra, que sienten su maestría. Por eso creo que tiene razón de ser en una capital que sí es verdad que nunca ha tenido un festival en ese formato que comprenda formación, didáctica con conferencias y ponencias y el espectáculo en sí. Sobre todo, para llevarlo al gran público. 

—Cambiando de palo: ¿esto de enseñar flamenco en pleno casco antiguo de Jaén es una cuestión estética, le coge cerca de casa o es una verdadera apuesta por la revitalización de la zona?

—Yo nací aquí, crecí aquí y sí es verdad que donde ahora está el Bulevar, antes de irme a Sevilla había unos campos de maíz tremendos, preciosos, donde yo bajaba con la bicicleta. Pero (que me perdone la gente del Bulevar) ese no es mi Jaén, no es donde yo me he criado. Por supuesto, estoy abierto (si me toca la lotería) a comprarme una nave, irme al polígono y poner un autobús para llevar a la gente, pero hay cosas que me mantienen en el barrio.

—¿Por ejemplo?

—El cariño que le tengo, la apuesta por que el barrio siga creciendo y ofrezca oportunidades para que una persona no se tenga que desplazar a las afueras o a un barrio más moderno para seguir teniendo una formación y que... no sé; el flamenco lo entiendo castizo, con sabor, y unas grandes instalaciones... Si te vas a Jerez, donde vas a encontrar flamenco con más peso, adonde vienen desde Australia o desde Estados Unidos a escuchar flamenco es en una cochera del barrio más deprimido de la ciudad. El flamenco está ligado a estos lugares, a estas paredes. ¡Y que me niego a irme de este barrio!

—Ha recorrido el mundo a golpe de tacón y es maestro con academia propia en su tierra. ¿Dónde se siente más cómodo, qué le llena más, el escenario o el aula?

—La verdad es que son dos experiencias totalmente distintas, y creo que ya no podría vivir sin ninguna de las dos; si me quedara solo con la escuela me faltaría esa parte. Cuando estás aquí eres Antonio, el profesor, el maestro, aunque me llamen El Tabanco; aquí me ven más cercano, más duro en algunos momentos, más distendido en otros; cuando estoy encima del escenario soy El Tabanco, ahí sí lo soy completamente. Ese personaje que se crea en torno al artista te engancha y lo necesitas. De hecho, lo que más he echado de menos todo este tiempo que nos hemos dedicado solo a la enseñanza es poder subirme al escenario y ser El Tabanco, que es cuando soy todo.

—Aprovechando este ambiente, si tuviera que definir la situación que vive el mundo (y Jaén) de un año a esta parte, ¿con qué lo haría, con una siguirilla de pena, con unas cantiñas de esperanza…? Ah, ¿y ya puestos se marcaría el detalle de demostrarlo (perdone el abuso)?

—No sé si con unas Converse estoy en situación [ríe]. Siempre lo he dicho, y el que me conoce sabe que soy muy del palo de la soleá, que siempre se ha identificado mucho con la tristeza, con estar con una pesadumbre encima; es un ritmo lento y creo que, ahora mismo, podemos empezar por soleá, que lo bueno que tiene es que puedes cambiar a soleá por bulerías y vas subiendo el ánimo, la velocidad y terminas por bulerías. Cuando terminas por bulerías significa que esto ha cambiado, que estamos pletóricos y viviendo, que es lo que nos ha coartado esta situación, nos ha encasillado y nos ha encuadrado la vida. Sí, empezaría por soleá y terminaría por bulería.

—¿No se anima, entonces?

—Al final me vas a liar...

Vídeo y fotos: ESPERANZA CALZADO

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