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"Escribo desde niño y, hoy por hoy, creo que se me puede leer"

"Escribo desde niño y, hoy por hoy, creo que se me puede leer"

Por Javier Cano - Junio 05, 2022
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José María Valderrama Vega (Torredelcampo, 1953) tiene más pinta de poeta que de cantaor flamenco, aunque en ambas artes es un nombre (y un apellido) propio. Tocado con sombrero de paja toquilla, enfundado en  una camisa floreada a lo Elvis en Blue Hawai y enigmático tras sus envolventes gafas negras (entre guajiro y rockero), acaba de publicar su quinto libro de poemas, Pétalos de niebla, que comparte con los lectores de Lacontradejaén. 

Licenciado en Derecho y jubilado como secretario de Administración local, Valderrama atiende a este periódico entre sol y moscas, en medio de un paisaje solanesco y a pie de estación, camino de la Feria del Libro de Madrid, donde tiene día y hora cerrados para firmar ejemplares de su nuevo poemario. 

—Una estación ferroviaria, José María, es un sitio de lo más poético pero poco flamenco: apenas una letra (Tu mirá, de Lole y Manuel) incluye el ferrocarril en sus versos. 

—Pero los artistas han utilizado mucho el tren; las estaciones dan tristeza, son sitios de despedida, por lo menos yo lo veo así. Aunque en esta ocasión no estoy aquí por una despedida, sino por una obligación. 

—Hablando de vías y vagones, ¿ha cogido usted todos los trenes que han pasado ante sus ojos, o se le ha escapado alguno?

—Se me han escapado muchos.

—No será para tanto, señor Valderrama...

—Pues mira, por ejemplo el flamenco lo abandoné hace mucho tiempo, primero porque no me encontraba bien de la voz; ahora he constatado que el problema era que tenía un polipo en una cuerda vocal, tenía afonía, pero podía haberme operado hace muchos años, haber ido al otorrino a que me viera y haber seguido con esa trayectoria, que era mi afición verdadera de toda la vida: cantar flamenco, componer canciones, como las que he compuesto para otros. Al mismo tiempo llevaba la poesía en las venas, desde que muy jovencito, desde que tenía diez o catorce años ya empecé a hacer mis cositas en verso, y aquí estoy ahora, dedicado más a esto que a lo otro. 

—Es que siendo usted quien es, con ese apellido tan sonoro y tan ilustre, hijo de una gloria del cante como Juanito Valderrama y con las facultades que ha demostrado usted en sus actuaciones y en los discos grabados (ni uno ni dos, sino tres), a más de uno le extrañará que no se haya dedicado en cuerpo y alma al arte jondo. 

—Estuve dedicado, pero es que este mundo es difícil, hay mucha competencia, es muy inseguro. Yo había sacado la carrera, unas oposiciones... Entonces era abandonarlo todo para irme a la aventura en una cosa que, como digo, no da mucha seguridad, no todo el mundo triunfa en esto del flamenco. Opté por seguir mi profesión, dedicarme a mi secretaría de Ayuntamiento y ahí he ido. Además, como he comentado, estaba el problema este sobrevenido del polipo benigno en una cuerda vocal, que es muy peligroso operarlo. Aunque ahora hay gente muy buena, si te rozan un poquito más de la cuenta te pueden dejar mudo, que no puedas ni hablar, en vez de curarte pueden complicarte más el asunto. 

—¿Y ser hijo de Juan Valderrama no le garantizaba una carrera exitosa?

—No, no, te voy a decir una cosa: más bien te las cerraba, porque todo el mundo que te escuchaba, aunque cantaras bien, quería escuchar cantar a Juanito Valderrama con mi edad, escuchar a mi padre, y es muy difícil ser Juanito Valderrama; además yo tenía mi estilo propio, y gustaba, pero la gente, por las cosas que me pedía... Salía a cantar y me decían: "¡Canta El emigrante, canta Los cuatro puntales...!", y yo tenía que decir "no me lo sé"; sí que me lo sabía, pero sabía que, si lo cantaba, en la comparación con mi padre iba a salir siempre perdiendo, entonces le daba un poquito de lado. La gente quería eso, no escuchar a José María Valderrama, o sí..., pero era a Juanito Valderrama con mi edad a quien querían oír. 

—Secretario de un Ayuntamiento, José María: ¡qué profesión tan alejada del mundo del flamenco! ¡Y de la poesía!

—Sí, me licencié en Derecho en el año 77 y saqué las oposiciones a secretario de Administración Local y en eso he estado hasta que me he jubilado: treinta y cinco años y medio de servicio, y me han hecho hacer seis meses más por la nueva legislación. Esa ha sido mi vida. 

—Más de un cante o un verso se habrán colado en su burocrática cotidianidad, incluso en alguna celebración entre compañeros, ¿no? 

—Siempre, y he compaginado mi trabajo con actuaciones, he podido alternar el funcionariado con cantar, cuando he podido, solo o con mi padre. 

—Es difícil hablar con usted y no regresar continuamente a la figura de su progenitor, de quien no hace muchos días se ha conmemorado el 106 aniversario de su nacimiento. Después de 18 años de su muerte, ¿cómo era él, cómo lo recuerda?

—Mi padre era un hombre muy peculiar, muy sencillo, muy cariñoso, muy de los suyos, un hombre muy amable, muy buena persona, en el buen sentido de la palabra, como decía Machado. Se brindaba a toda la gente, era encantador, muy de su tierra, siempre con buenos recuerdos para Jaén y para Torredelcampo. Un hombre muy entrañable. 

—¿Y como padre? Esa faceta se quedó en la intimidad de la familia.

—Como padre, yo he tenido poco roce con él por las circunstancias de la vida, pero bueno, he tenido el suficiente. Un padre muy bueno. Este reloj que llevo se lo quitó él de su muñeca, le dije: "Papá, me gusta mucho tu reloj", y me dijo: "Toma, hijo". Detalles así... Era muy espléndido. Pero como te he dicho, por circunstancias de la vida, por su segundo matrimonio, yo he sido tal vez el que menos lo he rozado, pero sí lo suficiente como para decirte que era una gran persona y un gran padre. 

—Es usted el mayor, el benjamín...

—El tercero, tengo dos por encima de mí y otros dos hermanos por debajo. 

—A día de hoy, y le ruego toda la sinceridad del mundo, ¿siente que el reconocimiento hacia su padre continúa intacto, o cree por el contrario que Juan Valderrama necesita ser reivindicado a estas alturas?

—Tal vez le falte un poco de reconocimiento, pero sin embargo ahora se está apreciando lo que verdaderamente ha sido Juanito Valderrama, yo creo que más que cuando él vivía. Mi padre tenía unas facultades de voz tan inmensas, tan extraordinarias, que todo lo que cantaba parecía fácil, porque él lo hacía fácil; no tenía problema. Él decía: "Mi virtud ha sido que lo que he pensado con la cabeza lo he podido hacer con la garganta". Eso lo decía él muchas veces, decía que era el único secreto que había tenido en su vida. La gente lo veía tan fácil que lo parecía, pero había cosas que eran irrepetibles, que no se pueden hacer; no había garganta en su época, ni la hay ahora, que pudiera hacer muchas cosas que mi padre ha hecho con una facilidad tremenda. 

—Sin embargo, dice usted que le falta el reconocimiento merecido...

—El tiempo va poniendo a cada uno en su sitio: a la gente joven, últimamente, la veo hablar en el Facebook: "¡Qué bueno era Juanito, qué bonito este cante...!". Ahí está, todos los artistas están poco reconocidos: si hablamos de Manuel Vallejo, un cantaor extraordinario, pasa lo mismo, de Pepe Pinto pasa lo mismo. De los que hay ahora, la gente habla más, aunque al lado de los que había antes (que Dios me perdone y ellos también) no les llegan ni a la altura de las rodillas. Pero bueno...

—Nuevo libro de poesía de José María Valderrama, que no es el primero, ¿verdad?

—No, es el quinto. 

—¿Qué es Pétalos de niebla (Éride editorial)? ¿Qué se encontrará el lector que abra sus páginas y se sumerja en su universo lírico?

—Es un título que se me ocurrió porque me gustó, pero que no tiene nada que ver con lo que es el libro salvo en el primer poema, que sirve de prólogo, donde digo que la rosa es un pétalo de niebla, que es mi flor favorita, y la nombro como pétalo de niebla. 

"Con tanto color que puebla / la tierra para perfume / tan solo la rosa asume / ser un pétalo de niebla, / ¡y vaya si lo presume!", concluye el texto inicial del libro

—¿Qué más, José María, qué más?

—El resto se compone de unos sonetos de amor, toco temas sociales, trata de lo femenino, el amor, el desengaño, de lo que es la vida, de que damos poco y pretendemos siempre recibir mucho, y si no damos primero es difícil pretender que se reciba. Veintiséis o veintisiete poemas, cada uno de su padre y su madre. 

—No renuncia a su apuesta por la tradición formal...

—Yo soy un poeta de la línea clásica, todo lo rimo en consonante, todo va medido a prueba de catedrático de Universidad, de Literatura. 

—Lo mismo hasta se pueden cantar.

—Sí, bueno, el soneto es más difícil a no ser que le repitas un verso de los tercetos y lo conviertas en dos cuartetos, pero los otros poemas por supuesto que sí. Unos son más largos, otros más cortitos, pero siempre respetando la rima, la medida, el verso clásico. No soy partidario de cómo se versifica ahora; esta rima libre tiene todos mis respetos, pero yo me aparto de esa línea, me quedo en el siglo XVI. 

—Le van a llamar purista, al menos en el ámbito literario. 

—En la poesía, sí. Y en el flamenco también lo era, me gustaba aprender los cantes, hacerlos a la perfección. 

—Una compañera de viaje ya de muchos años, la poesía...

—Sí, como he dicho, tenía diez u doce años que empecé, cogía las canciones de mi padre y les cambiaba las letras, así empecé, con poemitas que luego en la adolescencia fueron mejores, poco a poco vas progresando hasta que te van saliendo mejor. Hoy por hoy creo que se me puede leer.  

—Volvemos a su padre, me lo pone usted en bandeja: es que don Juan tenía fama también de gran letrista.

—Era un gran letrista, sobre todo en las letras de fandangos, la mayoría de los que cantaba eran suyos, era un fenómeno. Yo recuerdo que estábamos a lo mejor almorzando y me decía: "Tú que escribes tan bien, vamos a hacerle una quintilla al pan". Y en dos minutos (no sé si es que la llevaba aprendida de antes) la tenía hecha; o al tenedor, a las albóndigas, a lo que fuera. Me acuerdo de una vez que estaba en el bingo en Madrid, con seis o siete cartones jugando, y de pronto lo veo que coge el bolígrafo y el cartón y escribe "Este bingo majareta me va a dejar más tieso que el rabo de una paleta". Cosas así eran normal en él. 

—El poeta onubense Juan Cobos Wilkins dedicó un libro entero a responder a una de las eternas preguntas de la literatura: ¿Para qué sirve la poesía? Póngale usted remate (como de soleá) a esta entrevista, a este 'recital', con su respuesta.

—Precisamente en mi libro anterior escribí sobre la pandemia, en este escribo un poema que se llama Un tiempo después, sobre lo que ha pasado después de la pandemia, cuando estábamos peor, el turismo no venía, la economía estaba mal... Con la poesía se puede decir cualquier cosa, y si la dices de una forma bonita, todavía más bonito queda. 

Que sean, pues, las palabras del poeta las que prologuen el silencio: "No sé ni qué será ni qué sería / mi verso si no estás para inspirarlo, / si no vivieras tú para ayudarlo / a ser un trozo más de mi alegría...". Valderrama dixit. 

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