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"Tiahuanaco tiene que ofrecer, al menos, un concierto de despedida"

"Tiahuanaco tiene que ofrecer, al menos, un concierto de despedida"

Por Javier Cano - Enero 15, 2023
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Luis Delgado Gregorio (Linares, 1962) cumple cuarenta y cinco años en el mundo de la música en plena actividad, como fundador y miembro de varios grupos jiennenses: FlamenCubeando, Criollo, Amarraditos y Tres Bolero. Un 'tiarrón' sensible a más no poder cuyos dedos, curtidos también en el teclado del ordenador, caen delicadamente sobre el brevísimo mástil de un charango para jaenizar los aires andinos de los que, con Tiahuanaco (su más legendaria criatura), fue pionero en el mar de olivos. 

—Todos los días no se cumplen cuarenta y cinco años en el mundo de la música, señor Delgado. ¿Piensa emular a esos artistas que deciden iniciar gira de aniversario u ofrecer un concierto especial por la efeméride?

—Este año no, 2023 es un año puente, mi reto es llegar a los cincuenta años como músico. Yo tomo como punto de partida el año de creación de Tiahuanaco, en 1978, en febrero. La realidad es que, dos años antes, ya estaba en lo que había en esa época (el coro de la iglesia, un grupito de música folk...), pero bueno, tomo ese año como fecha oficial de mis comienzos. 

—No será por falta de repertorio o de grupos, porque tiene varios grupos en activo...

—Pretendo seguir moviendo las cuatro formaciones que actualmente tengo en liza e intentar arrancar la vuelta de Tiahuanaco, que todos queremos pero no llegamos a encontrar el momento, casi siempre por motivos laborales, no por falta de ganas. 

—Hablando de Tiahuanaco: si usted nació en el 62 y en el 78 ya estaba cantando temas de Calchakis o Illapu, es que era un crío cuando empezó con los charangos, las quenas, las zampoñas y demás instrumentos andinos, ¿no?

—Esta mañana le decía a Cristina [su esposa]: "Espero que no me hagan para esta entrevista la misma pregunta que me hacen siempre, que por qué elegí esta música". En mi casa se oía de siempre a Atahualpa Yupanki, a María Dolores Pradera, Los Sabandeños. Entonces, lo que había eran discos y cintas y lo que llegaba aquí era lo poquito que teníamos, gracias a nuestro amigo Pepe, de Pioneros. Entre eso y que yo tenía un duete formado, de colegio, con mi compañero de Tiahuanaco Juan Moreno (él tocaba la flauta y yo tocaba la guitarra)...

—Como verá, no le he hecho la pregunta que comentaba usted con su esposa. La cuestión es que hablaba usted de un "duete"...

—Sí, de hecho nos dio a presentar Antonio Oliver en un programa que se llamaba El pulso de la vida, que él hacía por la noche y nosotros íbamos a tocar en directo la melodía del programa y hacíamos alguna música más. Esto fue entrar en la música latinoamericana, con El cóndor pasa, El pajaro chogüí... Todo aquello que principalmente era lo que llegaba a nuestros oídos y de donde podíamos beber. 

—Y todo eso en plena adolescencia, cuando sus compañeros de colegio y los amigos de su barrio, seguramente, andaban de guateque, de fiestas pop.

—Con quince o dieciséis años, sí. Nosotros los guateques los hacíamos tocando la flauta y tomando una merienda. 

—Está claro que lo suyo ha sido siempre la música popular, de raíz. ¿Por qué ese género y no otros del folclore internacional, por qué lo iberoamericano?

—Llegamos a esto cuando conocemos Juan y yo a Antonio Martínez y a Paco del Moral, que en paz descanse; estos fuimos los primeros componentes y fundadores de Tiahuanaco con Juan Sedeño, que se incorporó un poquito después, y ya conocían algo de esta música. Paco vivía en Suiza y allí llegaba con más facilidad la música latinoamericana que a España. Él venía ya con las ideas un poco más claras y, sobre todo, con más discografía, y de ahí bebíamos todos.  

—Y Tiahuanaco fue conquistando nuevos públicos...

—El grupo evolucionó, empezaron a llegar los grupos de los que más hemos bebido nosotros, que son Inti Illimani e Illapu; Inti Illimani ya no hace folclore, hace música con tintes folclóricos. Eran nuestras fuentes, estas formaciones siempre habían tenido seis u ocho componentes y nosotros veíamos que, con cuatro, nos quedábamos muy cortos. Al final hemos llegado a estar siete componentes en el grupo. 

—Y para esta aventura, Luis, ¿llegaba con formación musical en la mochila, o todo era a base de oído?

—Nada, nada, totalmente autodidacta, todo aprendido de oído, todos los compañeros de Tiahuanaco (menos Juan Sedeño, que estudiaba Canto) éramos autodidactas. 

—Los Delgado, sus ascendientes: ¿familia de músicos, o usted ha sido el primero en 'dar la nota'?

—No había músicos en mi familia, no, ni en la de ninguno del grupo. 

—Hablando de grupos. Abundando en Tiahuanaco, que está a las puertas de cumplir medio siglo, más de uno se preguntará cómo han aguantado ustedes juntos tanto tiempo en torno a una música que, en muchos casos, implica también cierta tendencia política, ideológica.

—Jamás, y digo tanto yo como mis compañeros; además era difícil hacerlo en un grupo donde cada uno pensaba de una manera distinta. ¡No nos unía la política, nos unía la música! Creo que ese ha sido el éxito de que Tiahuanaco hayamos estado tantos años juntos. No había por qué pelear, por qué enmarcarte en una situación determinada, y eso ha ayudado a que el grupo, por sí mismo, funcionara por lo que valía: por cómo hacía la música, no por motivos panfletarios.

—Hacer la música como la han hecho todos estos años les ha valido, además, poder compartir escenario con grandes, muy grandes de la música internacional...

—He tenido la suerte, con Tiahuanaco, de compartir escenario con María Dolores Pradera, Los Sabandeños, Carlos Cano, Alberto Cortez, Rafael Amor, Olga Manzano, Coplanacu, Los Cantores de Quillahuasi, Pancho Figueroa y Polo Román de los Calchaleros (a los que acompañé en tres conciertos como guitarrista),Típico Oriental Cubano, Caridad Hierrezuelo…, ¡y no sé cuántos más!

—¿Tienen conciencia de haber sido fuente de inspiración para grupos posteriores de Jaén?

—Lo mismo que nosotros bebimos de Los Calchakis, Inti-Illimani o Illapu, hicimos cantera de alguna manera con todos los grupos que con los años salieron en Jaén de música latinoamericana y que (desde la humildad), de alguna manera bebieron de nosotros. Eso es un orgullo (no es vanidad).

—Van a cumplir cincuenta años sobre los escenarios pero de una forma sui géneris, porque hace tiempo que no se les ve juntos ante el micrófono. 

—Por estos motivos que digo, motivos laborales. Cuando Tiahuanaco deja de tocar no se separa (deja de tocar, por motivos laborales, como digo), a partir de ahí empiezo a buscarme la vida. Ya compaginaba con Amaranto, formación en la que estuve quince años como requintista, que fundé con tres de sus actuales componentes. Cuando llevaba diez o doce años con ellos empecé también a compaginar con mis hijos, que era mi ilusión, tocar con ellos. 

—Una ilusión cumplida sobradamente, si se tiene en cuenta que forman ustedes tres diferentes grupos a día de hoy. ¿No es así?

—Flamencubeando, que digamos es la matriz de la que nace Criollo; igual que Flamencubeando tiene un cantaor flamenco (Curro Pérez), Criollo tiene un tenor, que es Miguel Ángel Ruiz Merino. Luego hay un espectáculo, Amarraditos, en el que se conjuntan los dos grupos, y podemos oír cantar en el escenario una misma canción a un cantaor flamenco con otro lírico. En todas las formaciones, los músicos somos mis hijos y yo. La cosa parece que gusta. 

—Es decir, que empezó con Tiahuanaco a finales de los 70, desde entonces hasta hoy el resto de grupos y ahora, persigue resucitar, retomar la mítica formación de música andina...

—Es que nunca hemos querido dejarlo, fueron circunstancias obligadas motivadas por el trabajo, luego por la pandemia..., tuvimos varias reuniones pero cuando decíamos de vernos, no podíamos salir de la ciudad, era imposible. 

—Responda, Luis, que a estas alturas de la entrevista tendrá usted a más de uno mordiéndose las uñas: ¿Vuelve Tiahuanaco?

—Tiene que haber, por lo menos, un concierto de despedida, nosotros nos hemos ido a la francesa, sin decir adiós. Debe de haber, a lo mejor, un concierto de despedida si es que no hay una vuelta, porque la gente joven del grupo (de los antiguos quedamos Antonio y yo, Juan Sedeño lo dejó y Juan Moreno hace cuarenta años que vive en Madrid) son chavales de treinta a cuarenta años. Está el hijo de Antonio, que es un gran músico; están mis dos hijos, Luis y Fernando, están Sebastián, José Mestbailer y Edison Lucero, todos grandes músicos. Son los chavales, nuestros niños. 

—Eso de que sus hijos sean músicos también, puede que Luis Delgado se empeñe en asegurar que ha sido por vocación propia pero seguro que algo habrá tenido que ver el padre (o sea, usted).

—El padre y la madre, nosotros solamente nos hemos ocupado de ponerles en el camino (aparte de los balones y las Play Station), lo que veis aquí: pianos (tres pianos), no sé cuántas guitarras. Ponerles todo al alcance de la mano y eso sí, mucha subida y bajada del Conservatorio. Lo que yo no pude hacer, lo tuvimos que hacer con ellos. Me doy por satisfecho, porque al final he subido y bajado más que si yo hubiera estudiado. Había días que subíamos y bajábamos cuatro veces, dos con cada uno. 

—¿Se imagina usted una vida (su vida) sin música?

—No, de hecho tengo ahora mismo una gran asignatura pendiente, que es conseguir entrar en este cuarto donde estamos sin pasarlo mal. En este cuarto siempre hubo música, durante veinte años de mi vida. Aquí siempre había música en directo hasta hace cinco años, cuando se fueron mis hijos. Y claro, ahora bajas aquí, solo, porque tienes que bajar, haces tus cosas, te montas tus repertorios... 

—Sin embargo, Luis, su vida profesional (como empleado de banca) ha ido por otros derroteros, sin más relación con la música que el tintineo de las monedas.

—Eso fue gracias a mi mujer, que puso los papeles en un sobre, me presentó a las oposiciones y me vi trabajando en La Caixa. Ahí me tiré treinta y tres años y medio.

—¿Nunca se arrepintió de no dedicarse por completo a la música, de no haberla convertido en su medio de vida?

—Más de un momento lo he pensado, pero eso era muy difícil. No te digo que no podría haber vivido de ella, pero sí que se habría acabado. Siempre había que tener otra salida. La música estaba muy difícil y sigue estándolo, y ese es el consejo, el ánimo que yo les he dado a mis hijos. Tienen sus estudios, su trabajo, y la música la tienen como una segunda profesión o un hobby que les da, por supuesto, sus beneficios económicos, pero sobre todo muchas alegrías. Luis ha viajado, de aquí a las Maldivas, todo lo que está a la derecha. Él, a veces, salía de casa a las tres de la tarde un viernes, tocaba en Dubái a las once de la noche del sábado y estaba aquí cenando el domingo, o a veces comiendo. Eso es lo que les quise inculcar, que no tuvieran la música como forma de vida sino como un aprendizaje; la música no solo da para vivir, da una forma de ser, de ver la vida, de valorar las cosas y de tener sentimientos que otras personas no digo que no tenga, pero sí que son distintos. 

—Usted también ha viajado lo suyo con la guitarra al hombro, pero confiéselo, Luis: es un jaenero confeso. Que no es difícil verlo tocar en la Plaza de la Merced los Lunes Santos, o en el Camarín al Abuelo. No renuncia a eso, ¿no?

—Ni mucho menos. Ha habido años en Los Estudiantes que primero tocaba la guitarra en la iglesia, en la misa previa a salir; luego a la Virgen en la plaza, después me cambiaba de ropa para salir de costalero del último turno y al final me iba a un balcón y tocaba el himno con la guitarra para que entraran las imágenes, porque no había dinero para una banda. 

Fotos y vídeo: Esperanza Calzado

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