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"Del Covid he salido gracias a Dios... y a los médicos"

Por Javier Cano - Enero 23, 2022
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Para su familia, sus amigos y la legión de jiennenses que lo conocen de toda la vida su nombre es Pedro Barriga García (Jaén, 1981), pero para su comunidad y para los que reciben su atención humana y espiritual es el hermano Antonio María Adrián del Espíritu Santo. Un hombre joven que desde muy pequeño tuvo claro que lo suyo era la Iglesia y, ahora, se siente el más rico del mundo entre los pobres de Valencia, donde desarrolla su vocación. En su tierra natal tras superar el Covid (que lo puso al borde de la muerte), el religioso 'se confiesa' a Lacontradejaén.

Habla con la parsimonia de un obispo, pero su pectoral de madera (suspendido de un sencillo cordón negro) y su hábito marrón franciscano hacen al 'monje' que es, despreocupado por completo de escalar peldaños: empezó de monaguillo, ha llegado a fraile y... ahí quiere quedarse. Nos recibe en una estancia externa del convento de las Bernardas y nos regala una preciosa caja de esas magdalenas que han hecho célebre el obrador de las monjas: lo que se dice una entrevista 'sabrosa'.  

—¿Cómo surgió su vocación religiosa, como la descubrió?

—Mi vocación ha surgido en varias etapas de la vida: fui monaguillo del convento de las carmelitas descalzas, de las dominicas, luego de varias parroquias: por ahí encaucé mi vocación. Luego estuve en otras comunidades antes de ingresar en la Misión Eucarística Voz de los Pobres, pero bueno, hay una etapa de formación y por lo que sea no fui cualificado. Desde el año 2017 estoy en esta comunidad y ya soy de votos temporales, que voy renovando cada año. Así ha ido pasando el tiempo.

—Si empezó como monaguillo quiere decir que empezó joven, muy joven... ¿Siempre le atrajo la Iglesia?

—Sí; por ejemplo, a los siete u ocho años, antes incluso de hacer la comunión, ya iba por el carmelo y por las dominicas. No fue que alguien me llevara, yo iba a misa y pasé por el convento, lo vi abierto y entré; de ahí me acercaba a hablar con las hermanas y...

—Quizá le cogían cerca esos conventos, ¿no? ¿En qué barrio de Jaén vivía usted en esa época de primeros acercamientos a los recintos sagrados?

—En La Alcantarilla; luego me mudé al Almendral.

—Y ahora en la ciudad del Turia.

—Sí, en Valencia.

—Esa vocación suya, ¿le viene de familia?

—No, no, no. 

—Venía con usted pero, ¿qué es la vocación, Pedro?

—Con sus cosas también, porque en la vida hay dificultades, pero con la ayuda del Señor y haciendo la oración Él me va llevando por sus caminos. Y ahora veo que en esta comunidad en la que estoy, sí encajo. Ahora comprendo por qué en otras no.

—¿Por qué en esta sí y en las otras no?

—Por ejemplo, yo no tengo estudios y, claro, en otras comunidades me los pedían. No es que quieran que seas grande, pero en la sociedad que ahora se vive se necesita tener una formación, y querían que fuese sacerdote. Pero yo quería el servicio a los pobres, el servicio de la gente, ayudando en lo que se pueda. En esta comunidad he visto que encajo por eso, porque estamos al servicio del pobre, y yo me siento pobre como ellos.

—Eso de tener claro lo que quería ser en la vida, ¿lo ha apartado de las cosas habituales para cualquier joven? Salir con los amigos, tener pareja...?

—Yo era más bien un poco áspero a salir con la gente de mi clase, del colegio, bien sea porque prefería estar en las cosas del Señor y no salir por ahí, no sé. He tenido novia, pero tampoco vi que eso me llenara. Me llena lo que estoy haciendo: el servicio a los pobres.

—Se siente realizado, entonces. 

—Sí.

—¿Es cómodo tener por casa un convento?

—Vivimos en un seminario, que era antes de los agustinos recoletos. Ahí tenemos casa de acogida. Somos ocho hermanos, entre ellos hay brasileños [país de origen de la orden], y los demás somos españoles. Hay también acogidos que no tienen casa y les hemos dado, para vivir con nosotros. 

—¿Fraile, monje, novicio...?

—Estoy en los votos temporales, que se van pasando de cuatro a ocho años. Cada año voy renovando. En 2017 entré de postulante y en 2020 tomé el hábito y la primera consagración. 

—¿Cree que su vocación será tan fuerte como para durarle toda la vida?

—Yo creo que sí, que con la ayuda del Señor y la oración de todos podré.

—Más de un lector, cuando tenga delante esta entrevista, se preguntará cómo es que, en estos tiempos en los que hasta los obispos visten traje de chaqueta usted, sin embargo, no se desembaraza del hábito, prefiere hacer manifestación pública de su condición. ¿Se lo han preguntado alguna vez por la calle?

—Hay gente a la que le extraña, pero lo llevo con paciencia. A veces veo que hay gente que quiere interesarse y saber, y otras es para burlas y para reír: que si es Carnaval... Hay de todo.

—¿En su caso, Pedro, se puede decir que el hábito hace al monje?

—Es una ayuda [ríe]. 

—Decía usted, líneas arriba, que en algunas de las órdenes por las que ha pasado le recomendaban que estudiase para ser sacerdote. ¿No se lo ha planteado nunca? Ya puestos...

—Me gustaría, claro, pero veo que ponerme ya esta edad a estudiar... También puede ser que sea perezoso y no me haya puesto, que me haya dejado en las manos de Dios y no haya querido estudiar.

—Y su día a día, ¿cuál es la agenda de un religioso de la Misión Eucarística Voz de los Pobres?

—Nos levantamos sobre las siete y media de la mañana, a las ocho tenemos rezo de laudes y comienza la exposición del Santísimo, que eso también entra en nuestra comunidad. Aunque ya he dicho que nos volcamos con los pobres, el primer centro es la eucaristía en nuestra vida. Por la mañana, cada hermano hace un turno de una hora de adoración, a las doce el ángelus, con el rezo del santo rosario. Luego, a las tres, la coronilla de la Divina Misericordia, y las vísperas a las cinco. El Señor no queda solo nunca, si algún hermano tiene que salir o no puede, lo cubre otro hermano o se hace la reserva a esa hora. Así es nuestro camino.

—Parece que el capítulo espiritual lo tienen bien cubierto pero, ¿cómo se hacen presentes en la cotidianidad de los más desfavorecidos?

—Lunes, miércoles y viernes por la tarde tenemos la pastoral: salimos por la calle a dar de comer a los pobres que nos encontramos. y eso nos enriquece mucho, el estar con ellos cuando sufren, cuando nos cuentan los sufrimientos que van teniendo, unas veces con las familias, que los han echado, y muchas cosas... Nosotros somos ahí ese apoyo, vemos a Cristo en ellos y, claro, es verdad que a veces es difícil porque a mí, por ejemplo, me cuesta mucho, mi corazón sangra de sufrimiento cuando sufren las personas, y a veces llego a casa y me cuesta, lloro. Pero veo que el Señor lo ha querido así. Yo también me siento pobre, Dios me ha querido como a todos nos quiere, nadie es mejor que nadie, vamos caminando hasta que Él quiera nuestra partida. 

—¿Cómo se las apañan para repartir comida entre los necesitados, de dónde sacan esos productos?

—Nos dan varias tiendas, nos dan mucho y da para ayudar también a familias, a monasterios. También (por lo que me cuentan los hermanos) nos dan unos restaurantes que hay ahora nuevos, de pollo, en Valencia; cuando van a cerrar, todo el pollo que les queda lo dan también, y panaderías. No vamos a dar un Evangelio, a hablar de Dios a los pobres, hay que dejar claro que muchos no son religiosos [católicos]; hay ortodoxos, hay de Marruecos, de Alá, pero nuestra cercanía es como decía San Francisco: con vernos ya estamos haciendo su obra, con vernos ayudarlos a ellos, escuchándolos, eso ya es oración. Por eso repito que hacemos la adoración para alimentarnos de ahí, si no sería vano, hay que alimentarse de la savia que es Cristo, de donde está el cuerpo de Cristo, en la custodia, orando, adorándole cada hora y haciéndolo luego vida.

—Ahora que habla usted de gente repudiada por su familia, ¿cómo se tomó la suya su decisión de ingresar en un colectivo religioso, de consagrar su vida a la Iglesia?

—Están contentos de que haga mi voluntad, de que me sienta feliz. No hay mucho problema porque ya lo veían desde chico, que me iba a las cosas de la Iglesia, a misa, ayudaba...

—Pero una cosa es irse a echar un rato de monaguillo y otra dejar su casa, su tierra y su familia para los restos y pasar fatigas entre los que pasan fatigas. 

—Les ha costado mucho, sí. Cuando fue la toma de hábito, aquello era un río de lágrimas, y más porque nos hacían la tonsura y a mí se me vio toda la cabeza pelada; ¡pobres, cuando me vieron! Gracias a que en Jaén no me habéis visto así, si no... 

—Transmite usted paz, satisfacción, felicidad me atrevería a decir. Le pregunté hace un rato si se sentía realizado y me respondió que sí. ¿Se siente feliz también?

—Sí. Hay sus cosas, en la vida humana todos tenemos cosas, pero soy feliz, sí.

—Lo dice una persona que ha pasado un auténtico calvario por culpa de la pandemia, que lo eligió como víctima no precisamente propiciatoria. ¿Cómo ha sido su particular experiencia con el Covid?

—Se me pegó porque fui en el coche con los hermanos, ahí parece que fue. Primero fue un hermano al hospital, a Urgencias, y luego el siguiente ya fui yo, fui directamente a Urgencias, a la UCI, y a los pocos días estaba intubado. Dije: "Señor, esto me ha tocado, como somos de ti pues aquí estoy en tus manos, y que sea lo que Dios quiera", y poco a poco, por las redes sociales, se iban comunicando las cosas de cómo iba. Y gracias a mi tierra de Jaén, tanta gente que rezaron por mí, las monjas muy preocupadas... Allí metido pues... sí, había un sufrimiento, pero bueno, fue ofrecido a Jesús.

—¿Pudo tener cerca a su familia en ese trance?

—Sí, el médico llamó a mi madre y le dijo que me habían tenido que intubar y que estaba peor, que viniera. Y vinieron a estar conmigo. Dejaron pasar a mi hermana y a mi madre, estuvieron allí un poco pero yo no sabía nada, estaba intubado. A mí me dijeron que iba a estar dos días intubado y fueron diez, yo no sé si sería un engaño para no asustarme, porque de verme solo allí sí me quedé un poco triste, mi sonrisa no la tenía, me acordaba de mis pobres y eso. Así iba poco a poco cuando me di cuenta de que en la cama había pegadas unas estampas, entre ellas la de mi hermano Antonio María, un carmelita de Hornachuelos; el Santo Custodio y la Virgen de las Lágrimas, de La Merced.

—Se las llevó su gente, claro.

—Digo: "¡Señor, hasta los santos me persiguen!, ¿qué pasa aquí?". Yo no podía pensar que mi madre estuviera allí,  pensaba que estaba en Jaén, no sabía que habían venido. Fue al momento de despertarme: pedí mi móvil, que estaba en una mesita, me lo dio la enfermera y al encenderlo veo una foto de mi madre en el hospital, y es que ella iba todos los días al hospital, no la dejaban entrar pero iba a rezar por mí ante los cristales, por la parte donde estaba la UCI, a estar allí.

—Debió de ser un momento emocionante para ambos...

—Viene el médico y me dice: "Hoy vas a tener una visita, tu madre, ¿tú quieres que venga?", y digo "claro, claro que sí". Vino vestida con esas cosas que le ponen y dije: "Eres guapa hasta vestida así"; ella estuvo entera pese a verme con mascarillas, el oxígeno por todos los lados; estaba ahí sin llorar, fuerte, fuerte, fuerte. He ido poco a poco poniéndome mejor, pero la comunidad pensaba que me iba y mi familia, pues también. Se me dieron los santos óleos.

—¿Quién lo salvó, Pedro: Dios o los médicos?

—Yo creo que todos, sí, puede ser que sí. 

—Para terminar, que sé que le han quedado secuelas y se cansa, se cansa mucho. ¿Qué mensaje enviaría a esos jóvenes que duden si lo que sienten es vocación o confusión?

—Yo animo a que no tengáis miedo, ya lo dijo el Papa Juan Pablo II, que no tengamos miedo, que el Señor está esperando siempre que sus hijos ayuden en lo que puedan. Y esta comunidad recibe a toda persona que quiera seguir el camino, no hace falta que tenga estudios o que no tenga. Es darnos a la eucaristía y darnos al pobre, ese es el requisito que hay que tener, amar al pobre como a uno mismo sabiendo las dificultades que hay en todas las cosas.

—Ha aprovechado usted para hacer 'captación'. Ya puestos, a lo mejor le gustaría tener como compañero de comunidad a algún jiennense...

—Me encantaría, pero esto no todo el mundo lo puede aguantar. 

Vídeo y fotografías: ESPERANZA CALZADO. 

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